jueves, 4 de marzo de 2010

My husband is a horse.

Mi marido.


El día que toqué por primera vez algas de mar con los pies, pensé en mi marido. El sol y el viento se fundieron en uno y se quemó la tierra. Por unos segundos recordé una canción suya y me sentí sola en la inmensidad del universo. Sería la única persona que en ese momento, en esa playa, estuviese pensando en él. Sería la única persona dentro de esa canción. Era placer efímero y me lo guardé sólo para mí. Exactamente igual que hizo mi marido.

Mi marido acaricia su pelo cuando habla. Creo que no lo nota. Se pone en plan intenso e interesante y en un gesto coqueto se coloca el pelo con los dedos. Muy rápido, sin prestar atención al movimiento, mientras te sigue mirando y te habla.

Mi marido hablaba por teléfono la primera vez que lo vi. Reconocería su voz en el desierto. Pero no hablaba conmigo.

Mi maridó sabía que cerraba un círculo, el mismo día que yo sin saberlo, abría otro.

Mi marido tiene una risa de niño de cinco años. Seguramente también tiene un corazón de cinco estrellas. Mi marido me acarició el corazón en la tripa y me convirtió en mestiza. Mi marido es magia.

Mi marido es un hortera, como yo, y bailamos Dirty Dancing en nuestra boda, y Elvis. Y lloramos como dos horteras.

Lo que más me gusta de mi marido es que es él. Lo que más odio de mi marido es que es él. Me provoca inspiración, es lo que mejor hace, y ni siquiera lo sabe.

Es perverso estar enamorada de mi marido. Es una perversión tan terrible que excita.


sábado, 20 de febrero de 2010

De lloronas que no quieren marcharse


Estas son las instrucciones:

Voy a quedarme muy quieta en una esquina del lavadero agarrándome las rodillas. Gritarás mi nombre. No contestaré. Será entonces cuando sepas perfectamente dónde estoy, pero no irás a por mí. Saldrás a la terraza para comprobarlo. Exacto: cemento. Cerrarás la puerta de casa con llave. Partirás la llave dentro de la cerradura. Bajarás todas las persianas y las sellarás con el cemento. Vendrás a por mí, pero yo ya no estaré en mi escondite. Al llegar al lavadero sonreirás. Se te escapará un "lo sabía".

A partir del momento en que entres en la habitación se me hace difícil predecir tu comportamiento. Un beso muy leve rozará la comisura derecha de tu boca. Morderé el hueso de tu clavícula. Tu piel enrojecerá al paso de mis dientes. También se me hace difícil predecir mi comportamiento a partir de este momento. Sólo sé que al final acabaré con la cabeza en tu costado. Ahí muy quieta me haré diminuta, y en la cadencia de tu respiración me quedaré a vivir.

¿Que si hace falta todo este ritual? No lo sé. Si el tiempo no va a pararse no se me ocurre otra forma. Necesito demasiado envasarnos al vacío. Permanecer un poco más antes de que nos volvamos a desvanecer.

lunes, 18 de enero de 2010

Y entre tanto malditismo, tú, simplemente, mueres de amor.

He vuelto a caer en mis viejas trampas. En mis malas y tercas costumbres, en perder el tiempo cuando no lo tengo y en hablar solo cuando estoy triste. Cuenta Sabina, que para escribir canciones de desamor, tuvo que irse a Praga, a quemar los bares a golpe de verso frío. Él gozaba de una de esas cómodas rutinas de amor domestico y a un amigo suyo le habían roto el corazón por lo menos en diez trozos. Unos llaman a las musas (y las violan) y otros hacen éstas cosas. Al final el argumento siempre es el mismo.


A mí suele pasarme que gozo también de una rutina [no de amor] doméstica. No te creas que me quejo, la verdad es que es muy cómoda, y siempre me lleva a los mismos sitios. Tarde, de madrugada y afortunadamente sin la compañía del humo, salen todos los cadáveres que tengo escondidos en el armario. Se pasean por la casa, que está en silencio, y se van turnando para sentarse a mi lado en el sofá. Algunos me cuentan los viajes que hemos hecho, otros me hablan de la noche, de las sombras que nos persiguen, y otros solo se ríen de mí.


Me cuesta mucho pensar cómo alguien puede escribir un libro. Un enorme libro de 268 páginas, con todo el tiempo que eso conlleva. Con cada uno de esos días y esas noches con tantos y tan drásticos cambios de humor. Yo sé que mataría a todos los personajes. Serían tremendamente retorcidos y acabarían los unos con los otros en una cena en una mansión, como en “Un cadáver a los postres”. Solo que mis personajes estarían basados en personas reales. Haría una última cena con los alter ego de muchos conocidos y ellos mismos se acuchillarían los unos a los otros. Y lo mejor es que yo ni siquiera tendría que sentirme culpable.


Hace tiempo vi “Desmontando a Harry” del siempre pesimista Woody Allen, y pensé que me encantaría poder leer la mente. No por la curiosidad de saber lo que alguien está pensando. Mi interés iría mucho más allá de todo eso. Sería algo así como poder ver a través de los ojos de otra persona, siendo yo misma, pero desde otro punto de vista. Sabiendo que soy yo, pero sin los prejuicios que conlleva ser uno mismo. Lo pensé, porque el cine de Woody Allen me parece de lo más exquisito e interesante. Y pensé que para hacer algo así hay que tener un mundo interior de lo más agónico. La típica cabeza que no se apaga ni siquiera cuando uno duerme. No se puede escapar de la eterna conversación con uno mismo, y eso es fatal. Pero sin embargo, fuera de casa hablando con otros, se está deseando constantemente volver para retomarla. Es bastante doméstica ésta soledad, no me falta razón.


“Me encanta, me encanta…un personaje demasiado neurótico para la vida, que sólo puede funcionar en el arte. Notas para una novela, posible inicio: Friedgin llevaba una fragmentada e inconexa existencia. Hacía tiempo que había llegado a ésta conclusión. Todo el mundo conoce la misma verdad, nuestra vida depende de cómo elegimos distorsionarla. Sólo tuvo serenidad al escribir. El escribir, en más de un aspecto le había salvado la vida…”





El deseo.

miércoles, 23 de diciembre de 2009

Una de esas malas compañias, factoría de melancolía.

Cántame las rancheras de tequila y sal y será entonces cuando decida hacia dónde orientar mi pulgar, como un mesías profano o un césar divino. Búscame en todos los zapatos de mujer, atrápame si puedes entre la muchedumbre y en medio del paso de cebra cógeme de las muñecas y bésame. Será entonces cuando te dejaré rodar por las falanges de mis dedos, sin cobrarte más pecados que los que cometamos entre los dos. Te robaré un hilo más del que tirar para desnudarte sin que te des cuenta, para que no te dé tiempo a apuntarte estas instrucciones.

Quiero acabar durmiendo a los pies de la cama, con frío y tiritando mientras me acaricias el pelo. O susurrarnos canciones para el primer día en la tierra, porque para entonces ya seremos recién nacidos.

miércoles, 11 de noviembre de 2009

Que te las van a hacer pasar putas

He dejado de atormentarme. Sí... yo soy ese tipo de personas atormentadas de su tiempo, que hasta en el andar se nota, pero aunque sigo desmejorada no escribo esto con un cigarro en la boca y una copa en la mano, sola en mi salón... No, aunque me gustaría.

De todas formas creo que tarde o temprano todo el mundo deja de creer en la fidelidad, el romanticismo, la belleza interior, bla, bla, bla. Hijos de la teoría de la evolución ¡despertad!

Supongo que por una vez no pasa nada, y por un beso en medio de tu whisky y su cerveza tampoco, y por acompañarla a casa de madrugada, ya amanecido, cubriéndola con la chaqueta de tu traje, sí como en las ocasiones especiales, tampoco pasa nada. Siempre te tuve por un caballero.

El problema es cuando no tengo cambio para tu trato. Y me culpo por no estar aquel día, por no ser yo la chica de madrugada... Siempre pensé que la jugada más elegante del ajedrez es llegar hasta el final y convertir el peón en reina. Y ella en una sola noche... joder. Ha sido muy elegante.

Volvemos a lo de siempre. Es lo que hacemos todos los que físicamente tenemos las de perder con el rollo de la teoría de la evolución. Que sí... yo puedo hablar de todas esas cosas de las que suelo hablar, divagar, razonar, construir toda una teoría sobre la voluntad y todas esas majaderías filosóficas. Pero me pediste estar esa noche y no estuve. Y para esa noche no hacía falta filosofía, ni siquera saber que el concierto número 2 para piano de Rachmaninov es tu obra favorita o que te encanta el café con canela. No. Esa noche sólo hacía falta un pelo perfecto y una sonrisa. Y de lo demás... se puede ocupar la evolución.

No me apetece pensar en todo esto.

No voy a empezar a despotricar contra nuestra generación y toda su cultura de pop romántico, rock melancólico, bailar de lejos no es bailar y toda la mierda con la que hemos crecido. Eso lo dejaré para otro día, cuando de verdad tenga un cigarro en la boca y una copa en la mano.

En realidad lo único que me apetece es hacerte el amor de verdad, y que por casualidad te hayas acordado y suene aquella versión de Kravitz.

Y que si me dejas, sea por otra más guapa, más alta, alegre y viciosa que yo.

Se han acabado las metáforas, el hermetismo, las vueltas de tuerca buscanco la frase que evoque la imagen más estremecedora que puedas construir y su puta madre.

Claudico.

Estra vez sí: Habló de puta, La Tacones

miércoles, 21 de octubre de 2009

¿Y que mas dá decir la verdad si se la lleva el viento?

La noche de los tiempos




[Y pastillas para no soñar]

Habiendo encontrado el estado perfecto entre el sueño y la vigilia, he de decir, que los versos más bellos, los más puros y etéreos, me rompen el pecho y se estrellan contra el techo, cuando pienso en ti antes de dormir. Ya no puedo, ni quiero escribir esa nefasta declaración de amor que dicen que no te mereces, porque después de empezarla, la vuelvo a rajar. Y es que me llamas en cada imagen, y estás en cada esquina, diciéndome casi al oído, sin rozarme, que sonría. Y yo te contesto, y ya te lo he dicho, que no hay sonrisa más párvula que la tuya. Y apareces otra vez, ya ni siquiera en las canciones, que afirmé no escuchar, si no en el vaivén de mil segundos, en la noche de los tiempos, donde todo lo que quiero es nuestro. Y puedo dibujarnos donde más me apetece, en una cama eterna, en un grito desde la ventana, o en una mesa de una casa vacía. Cuántos momentos hemos vivido que no me atrevo a contarte. Toda una vida de secretos sin entrenar, como dos hermanos a los que no les hace falta darse ya la mano, o como nuestro vino a medias en una barra infinita que dura ya años.

Déjame que esto sólo sea el primer capítulo, vamos a llenar éste libro de abrazos.









Todos los poemas llevan un lobo dentro, todos menos uno, el mas hermoso de todos, ella baila en un círculo de fuego, y encogiendose de hombros recibe el desafio. Jim Morrison

jueves, 17 de septiembre de 2009

Hasta las aspirinas le duelen

- ¿Qué es la cosidad? -dijo la Maga.
- La cosidad es ese desagradable sentimiento de que allí donde termina nuestra presunción empieza nuestro castigo. Lamento usar un lenguaje abstracto y casi alegórico, pero quiero decir que Oliveira es patológicamente sensible a la imposición de lo que lo rodea, del mundo en el que vive, de lo que le ha tocado en suerte, para decirlo amablemente. En una palabra, le revienta la circunstancia. Más brevemente, le duele el mundo.

[Rayuela- Julio Cortázar]




Es otoño morder el cuello de la cazadora, es otoño mis brazos en el forro de tu chaqueta y los pies fríos de noche. Es el otoño y tus malabares para que no entristezca, para que las lágrimas contenidas en papel de plata resbalen lo más despacio posible, cuando el calendario atestigüe que es otoño de verdad, y no esto, un otoño improvisado, un ensayo de miércoles sin cine, una lluvia, un viento y un adiós demasiado pensando como para sorprendernos. Después de tener todos nuestros rincones encajados llegaron las miradas perdidas en el cristal salpicado de lluvia, los mosquitos, la vendimia y las ganas de respirar un poco menos, como si así la vida fuera a detenerse lo suficiente. Soñar, quizás, pero esto no es París lloviendo, no hay cafés con sillones de terciopelo rojo, ni piano en el rincón. Nada es clandestino ya.


- Yo no me sé expresar- dijo la Maga secando la cucharita con un trapo nada limpio-. A lo mejor otras podrían explicarlo mejor pero yo siempre he sido igual, es mucho más fácil hablar de las cosas tristes que de las alegres.